Un tipo al que nadie calificó de extremista ni de fanático ni de antisistema -porque probablemente no lo era-, se plantó a las siete de la mañana del pasado 14 de marzo en la puerta de Los Cármenes. Llegó sonriente y, 48 horas después, marchó eufórico. Fue el primero de los miles y miles de granadinos que acamparon en los alrededores del estadio para hacerse con unas entradas del España-República Checa. En la madrugada previa a la apertura de las taquillas, una descontrolada marabunta echó a correr, ignorando el orden establecido, pasando por encima de personas que llevaban horas esperando, poniendo en peligro, incluso, su propia seguridad. Ningún policía puso orden por dos razones: porque no había ninguno y porque, qué importaba, era fútbol.

Acampada España-República Checa, Granada
El 2 de abril, varios días antes de que el imberbe Justin Bieber se desgañitara en el Palacio de los Deportes de Madrid, hordas de adolescentes superhormonadas ejercieron su inexistente derecho a hacer novillos para organizar la acampada más fresa y empalagosa de la historia de la música, baby. No era la primera vez, meses atrás habían hecho lo propio los amigos de los vampiros ‘emo’ de Crepúsculo. Bah, después de todo no eran peligrosos jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni piensan. Era farándula.

Acampada de bieberfílicos, Madrid
El caso es que miro atrás y no entiendo nada. Fútbol, Bieber y Crepúsculo, sí. Mis derechos, no. Mis reivindicaciones, no. Mis aspiraciones, no. Mis sueños, no. Mis ideas, no.
Por más fotos y vídeos que veo en la red, no identifico a esa masa de antisistemas que solo busca camorra. Veo a personas indignadas que han optado por salir a la calle y pronunciarse. Jóvenes de espíritu que ansían una revolución democrática y un cambio en la rutina. La acampada en la Plaza del Carmen -y en tantos otros rincones de España- y, sobre todo, la sorprendente manifestación del 15M son el derecho a la pataleta que tanto se había recriminado a una turba que no hacía nada.
Bajo ningún concepto debemos aceptar la violencia como medio. El fin importa tanto como el camino. Pero de aquí al 22M los medios locales y nacionales -ahora sí- abrirán con una campaña electoral que no esperaban. No serán mítines ni desayunos ni fotos sonrientes. Será un cabreo monumental.
Un cabreo, por cierto, que no debe hacer olvidar el meollo de la cuestión: HAY QUE VOTAR. No hacerlo sería como preparar un apetitoso manjar y no comprar cubiertos. No nos quedemos a medio camino, la cifra que definirá el éxito del #nonosvamos estará en el incremento del número de votantes.

Acampada en Plaza del Carmen, Granada
Naufrajeo. (Ideal)